Más que el soterramiento de una avenida (en conjunto con Alejandro Tudela) Dic 2012

Nuevamente la construcción de más vialidad aparece como LA solución a los problemas de congestión en áreas urbanas.  Soluciones focalizadas en un tipo de oferta y que casi nunca piensan en cómo abordar la demanda, que es la otra parte de la ecuación.  Algunos expertos urbanistas y de transporte proclaman que éstas son la solución ahora ya, que es necesario contar con ejes orientados geográficamente para mejorar las condiciones de circulación, con grandes anillos de circunvalación, olvidando la distribución espacial de la población, la estructura de los viajes y,  en definitiva, a los ciudadanos que sufrimos por la presencia de esas obras, sin ser usuarios de ellas.

El Gran Concepción no escapa a estas soluciones “visionarias y que nos llevarán al desarrollo”, enmarcadas en planes de inversión que ni siquiera han sido sometidos a procesos de evaluación, para determinar al menos si tienen rentabilidad social.  La carreta delante de los bueyes, porque son obras que se ven y que podrían tener negocios inmobiliarios privadamente rentables.

Después de leer la opinión de varios ciudadanos y ciudadanas locales respecto al proyecto de soterramiento de la Avenida Chacabuco en la ciudad de Concepción, como idea ancla por parte de la autoridad regional para así aumentar la capacidad vial, resulta claro que no hay consenso respecto  a que los especialistas (y quizá no especialistas también) apoyen soterrar a la brevedad dicho eje. Éste se encuentra en el casco central de la ciudad, a una cuadra de unos de los parques más importantes, poblado en su entorno por viviendas medianamente antiguas de mediana altura y un número creciente de edificios. La avenida tiene una mediana y tres pistas por sentido, transitando por ella transporte público y privado. Cuenta a lo largo de su extensión con veredas suficientemente anchas, haciéndola atractiva para aumentar la capacidad vial.

Sólo pensar en un proyecto como ése, ya sea en Chacabuco, Víctor Lamas u otro eje dentro del casco urbano de Concepción, trae a la memoria la destrucción y deterioro que sufrió el centro de Santiago cuando se construyó la Avenida Norte Sur.  Paradigma de crecimiento de hace 40 años, dicha fractura en el espacio, orientada a los usuarios del automóvil, no pensó en los  habitantes del sector y no usuarios de dicho modo en la ciudad.

Al leer los comentarios de quienes ven con buenos ojos dicha inversión se detecta el mismo sesgo que hace 40 años, pero en otro lugar:

–      Los supuestos beneficios sólo favorecen a quienes usarían la vialidad, no a quienes viven en el entorno.
–      Ayudará a descongestionar el sector sólo en el corto plazo y localmente, ya que trasladará la congestión a otros lugares y en otros momentos.
–      La supuesta coherencia del proyecto en nada toma en cuenta las características urbanas del eje. Nuevamente los que están en la vecindad no aparecen en el inconsciente de los especialistas.

La inversión propuesta en un área urbana consolidada sería un buen ejemplo de la paradoja de Downs – Thompson, entre las múltiples que ocurren en transporte, ya que la inocua inversión tendría un resultado final peor que el inicial.

Desde el punto de vista económico e ingenieril, resulta imposible que un proyecto como el propuesto pueda ser implementado en el corto plazo, dado que por su naturaleza debe ser sometido a una evaluación social, conseguir los fondos, y luego ser construido.  La inversión de marras es cuestionable si nos basamos en la evidencia fundada en las buenas prácticas de la planificación urbana y el transporte.

El citado soterramiento tendrá impactos que trascienden el tiempo de implementación.  El espacio donde estará instalado  afecta a otros ciudadanos, más allá que los usuarios directos, y probablemente tiene proyectos alternativos que podrían asegurar un mejor uso de los recursos públicos.  La evaluación social del proyecto debe hacerse cargo de todos estos aspectos, algo que las bases de licitación del estudio deben asegurar. No obstante lo anterior, más interesante será el proceso de participación ciudadana efectiva, durante el desarrollo del estudio, donde aquellos ciudadanos usualmente omitidos en las cuentas podrán decir algo respecto a esta intervención, y otras obras que ellos desearían ver materializadas.

Por último, más allá de lo económico y su consideración en la decisión, preocupa la mirada de algunos especialistas del urbanismo y del transporte, quienes están sólo pensando en los automóviles y quienes los usan y quizás también en la gestión inmobiliaria, y no en la ciudad y quienes la habitamos, cuya mayoría no se desplaza en automóvil ni se verá beneficiada con aquellas intervenciones.

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