Movilidad Compartida en tiempos de pandemia

Tomás Rossetti y Ricardo Daziano, socio

En su edición del 26 de octubre, The New Yorker dedicó la ilustración de su portada a un fenómeno creciente en la ciudad de Nueva York: Mientras que en la mitad superior hay una ciclovía llena, abajo va un vagón de metro sin pasajeros. A pesar de que algunos han celebrado este cambio modal, el efecto que tendrá sobre la movilidad sustentable en general es desalentador.

Para evitar el contagio de COVID-19, personas en todo el mundo han disminuido considerablemente su uso de transporte público tanto por una migración a modos privados, como lo muestra el New Yorker, como por una disminución del número de viajes. Esto pone en aprietos a los gobiernos locales y operadores de transporte público. Proveer un estándar de servicio similar al que existía hace un año se ha vuelto más caro, a la vez que los ingresos gubernamentales han disminuido considerablemente. En el caso de Nueva York, la disminución de viajes en metro ha sido del orden del 70%, mientras que los ingresos del estado entre marzo y mayo cayeron un 37%. Dado esto, se vuelve relevante entender qué modos compartidos pueden ser atractivos durante este periodo y qué va a pasar una vez que comiencen a reabrir más lugares de trabajo.

Este fue uno de nuestros objetivos al realizar una encuesta en cuatro ciudades de Estados Unidos. Contactamos a 2.400 personas en las ciudades de Washington, D.C., Miami, Minneapolis y Seattle para entender su disposición a usar un nuevo modo de transporte compartido, y cómo su experiencia conviviendo con la pandemia influye sobre ésta.

En primer lugar, los resultados reflejaron la misma tendencia que otras fuentes de datos oficiales: la pandemia ha afectado considerablemente a la gran mayoría de los hogares que contactamos, y la consecuente crisis económica ha sido sentida transversalmente. Un 30% de las personas encuestadas declaró haber perdido ingresos, y alrededor del 16% haber perdido su trabajo.

También preguntamos qué tan probable es que las personas encuestadas utilicen distintos modos de transporte durante este periodo. A pesar de que hay algunas diferencias entre ciudades, los resultados son bastante estables. Estos muestran que las personas se sienten más cómodas utilizando sus autos que compartir otro vehículo, incluyendo el auto de conocidos, transporte público, taxis, o aviones. Todos estos modos, de hecho, parecen ser casi tan atractivos como ir al mall.

Como se mencionó anteriormente, parte importante de la encuesta también se dedicó a investigar el interés por un nuevo servicio de transporte. Este servicio es similar al de los taxis colectivos, pero con vehículos más grandes y rutas flexibles que varían de acuerdo a la demanda. Los resultados muestran que las personas más interesadas en este servicio son aquellas que están dispuestas a realizar más actividades durante la pandemia y aquellas que cumplen mejor con medidas como usar mascarilla y tomar distanciamiento social. Pero aún más interesante, no hay evidencia de que las personas más económicamente impactadas por la pandemia tengan niveles de interés distintos de interés por este servicio. En la misma línea, estas personas no mostraron mayor sensibilidad a variaciones en la tarifa de este servicio.

Estos resultados arrojan algo de esperanza al difícil panorama de la movilidad compartida. A pesar de que su demanda probablemente se mantenga baja por un tiempo significativo, servicios de tamaño medio como este pueden mantener un nivel de interés suficiente como para evitar aumentos significativos en congestión y emisión de contaminantes. Este tipo de servicio, además, podría no verse afectado por una baja generalizada en los ingresos.

Es probable que las tendencias que vimos en estas ciudades de Estados Unidos se repliquen en Chile. En el caso de Santiago, por ejemplo, es probable que quienes puedan evitar las aglomeraciones en el Metro y buses lo hagan. Sin embargo, intervenciones de pequeña o mediana escala pueden tener efectos positivos sobre la demanda por transporte compartido. Mientras tanto, y hasta que no haya una vacuna ampliamente disponible, las ciudades deberán esperar lo mejor y prepararse para lo peor.

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