¿Y dónde están los datos?, mayo 2011

 

SECTRA nació en los años 80 bajo la buena idea que para tomar decisiones en transporte era necesario tener información, indicadores, proyecciones matemáticas, y simulaciones computacionales de escenarios. Hoy, entrando en la segunda década del Siglo 21, SECTRA está en deuda, particularmente porque nos faltan muchos datos para hacer las cosas como corresponde.

SECTRA ha gastado millones de dólares en desarrollo de metodologías y modelos matemáticos, pero todos ellos no son nada si no se dispone de buenos datos para alimentarlos. Son los datos los que permiten análisis, correr escenarios y evaluar políticas y proyectos. Son la base y la columna vertebral. ¿Por qué entonces seguimos teniendo datos tan deficientes sobre transporte?

Seguramente se podrá mencionar casos puntuales, donde se cuenta con buena calidad de información, pero lo que uno escucha demasiado frecuentemente en consultorías y proyectos, es que no hay datos, o que están desactualizados, o que no sirven para el propósito requerido. Caben varios ejemplos:

Hace algún tiempo me tocó trabajar con datos de accidentes vehiculares en carreteras. La base de datos principal es una generada por Carabineros, quienes -hay que admitir- bien esmeradamente llenan la mayoría de los datos que se les pide completar en formularios ad-hoc. Sin embargo, estos formularios están pensados con la lógica de los abogados, la que quiere encontrar un culpable, por lo que hay poco y nada allí que permita tomar decisiones de transporte para modificar vías y esquemas de operación, en pos de reducir accidentes.

En mi trabajo ciudadano a favor de la bicicleta, pude ver también cómo no existen catastros de dónde hay ciclovías y ciclobandas. Básicamente cada municipio, el SERVIU y otros organismos, construye donde le parece, sin mantener un registro propio y, menos aún, uno consolidado que reúna todas estas inversiones. No sabemos hoy dónde hay ciclovías en Chile.

No es que las ciclovías, por ser el pariente pobre del sistema de transporte, sean una excepción. En otra ocasión me tocó trabajar con los datos de todos los caminos de Chile, con una base de datos mantenida por el MOP. En teoría la base pretendía reflejar todas las características relevantes de los caminos, pero en la práctica era una base plagada de celdas en blanco, datos contradictorios o incomprensibles. No sabemos hoy cuántos caminos en Chile tienen o no berma o bandejón central, ni tenemos datos confiables sobre su estado de conservación.

Cuando revisé los informes técnicos de modelación para la planificación de Transantiago, me encontré de nuevo con lo mismo: se reportaba que había deficiencias de datos de velocidades para poder alimentar el modelo y los propios consultores debieron suplirlos como pudieron y donde pudieron, recogiendo algunos datos en terreno (muchos menos de los deseables), para poder hacer su trabajo. Resulta terrible que un sistema de transporte se planifique con datos tan pobres, pero más en general, es ridículo que no tengamos información de las velocidades en nuestra capital.

Cuando se puso de moda en la prensa hablar de hoyos y similares en las vías, los llamados “eventos”, sólo entonces salieron unos equipos a hacer un catastro del problema. ¿No debería ocurrir que el catastro de infraestructura siempre exista, para efectos de planificar reparaciones e inversiones? ¿O nos interesa tomar datos sólo cuando sale en la tele, o sólo en una calle puntual cuando alguien decidió que esa en particular debía ser mejorada?

Faltan muchos datos muy básicos y necesarios, si es que uno quiere hacer ingeniería de transporte de verdad. Hay que monitorear los sistemas de transporte tomando datos con la periodicidad adecuada si uno quiere ser serio. No basta tomar algunos para un estudio particular. Si yo hoy preguntara qué porcentaje de los vehículos transitan a exceso de velocidad en las ciudades, escucharía al viento por respuesta. No sabemos tampoco cuántos vehículos se estacionan a diario encima de veredas y parques en nuestras ciudades. No sabemos qué porcentaje de los buses circulan con las puertas abiertas. No sabemos cuántos vehículos pasan con luz roja normalmente. El transporte tiene un arsenal de regulaciones que lo controlan desde diversos ángulos, pero no tenemos idea de cuál es el nivel de cumplimiento de todo ello.

¿Cuánta gente hace teletrabajo en Chile? ¿Cuántos hacen carpooling? ¿Cuántos kilómetros de veredas en mal estado hay en nuestras ciudades? ¿Cuánto gastamos los chilenos en taxis? ¿Cuántos ancianos usan el transporte público? ¿Cuántos buses no se detienen en el paradero que les corresponde? ¿Qué porcentaje de los escolares son llevados en auto por sus padres al colegio? ¿Cuánto gasta en transporte una familia que tiene auto versus una que no? ¿Cuántos estacionamientos privados existen en cada ciudad y cuál es el costo promedio de estacionar? ¿Cuántos estacionamientos tiene el edificio habitacional promedio? ¿Cuántos ciclistas usan casco? ¿Cuántos viajes atrae el mall promedio?

La mayoría de estos datos no están. Otros están, pero de una forma apenas accesible, porque están repartidos en diversas bases de datos regadas por varios organismos. Juntarlas y cruzarlas es un trabajo que nadie ha hecho y nadie tiene en la agenda hacer. Cierto es que en algunos casos, como información muy útil que posee el SII, hay impedimentos legales para que el organismo en cuestión la comparta con otros, pero eso no puede ser excusa. Ha pasado tiempo suficiente como para que la autoridad entienda la necesidad de tener bases consolidadas, concordantes entre sí, no sólo para transporte sino para otros ámbitos también.

No se puede vivir en la ilusión que se pueden tomar decisiones acertadas sobre políticas y proyectos de transporte sin datos. No se puede pensar realmente que el diagnóstico de problemas y proyección de soluciones puede hacerse en serio sin tener fotografías periódicas de los sistemas. Y no puede aceptarse la ineficiencia de que cada estudio o proyecto tenga en cada ocasión que hacer el esfuerzo de luchar contra las burocracias y la precariedad, itinerantemente de organismo en organismo, para obtener datos. Datos que por lo demás a duras penas podrá cruzar unos con otros porque cada organismo decidió tomar información de la manera que se le vino en gana.

Hace poco se publicó en Londres un reporte llamado “Travel in London”, que es una fotografía del estado y evolución reciente de la ciudad. Sorprende lo completo. Allí uno no sólo encuentra variables típicas que se podrían ver en las encuestas origen-destino de Santiago, como número y tiempo de viaje o partición modal, sino que también hay información de contaminación, costos de operación de los modos, niveles de satisfacción, percepciones de usuarios sobre seguridad y crimen en el transporte, niveles de accesibilidad a parques o entretención, indicadores de niveles de accesibilidad para personas con movilidad reducida, etc. De eso estamos hablando.

La misión de SECTRA es producir información para la toma de decisiones sobre política en transporte. Tomar datos de los sistemas de transporte periódicamente es, por lo tanto, lo mínimo que debe hacer. Eso incluye trabajar para aunar múltiples bases producidas por distintos organismos y consolidarlas, no sólo una vez como “un estudio”, sino de manera regular. Está faltando, por ende, un vuelco en SECTRA: que recupere su razón de ser.

 

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