por Mabel Leva, Directora Ejecutiva Conecta Logística
Chile no es un país cualquiera en términos logísticos. Son más de 4.200 kilómetros de extensión, una geografía exigente y una estructura logística donde gran parte de la carga de consumo masivo se origina en la zona centro para luego distribuirse hacia el norte y el sur.
Durante décadas, el sistema ha descansado principalmente en el transporte por carretera, que seguirá siendo el pilar fundamental por su flexibilidad y capilaridad. Pero en un país con estas distancias y características, la eficiencia no está en un solo modo, sino en la inteligencia con que los combinamos.
Ahí es donde la intermodalidad deja de ser una aspiración y se transforma en una necesidad estratégica.
Hoy contamos, por primera vez, con una hoja de ruta clara. La Estrategia Nacional Logística ha definido una meta concreta: que hacia 2040 al menos un 20% de la carga en Chile se movilice en modos distintos al carretero, y que esa cifra alcance al menos un 30% al 2050 . No es una meta arbitraria. Responde a evidencia internacional de países líderes en desempeño logístico, a nuestras propias brechas y a la necesidad de construir un sistema más eficiente, resiliente y sostenible.
Porque el diagnóstico es claro. En los estudios desarrollados como base para el Plan Nacional de Infraestructura Pública 2025-2055 del Ministerio de Obras Públicas, se indica que la partición modal del transporte de carga es de un 92% de camiones, y se estima para el 2055 en un escenario tendencial pudiese llegar al 97%. Más que un problema, esto refleja que aún no hemos desarrollado plenamente el potencial del resto del sistema.
La buena noticia es que las condiciones para cambiar esta realidad ya comenzaron a construirse.
En el caso del ferrocarril, durante años el desafío no fue solo de infraestructura, sino también de reglas. Hoy, eso está cambiando. La modernización de contratos, la reducción de barreras de entrada para operadores, la alineación de incentivos y una nueva relación con los porteadores han permitido generar un entorno más competitivo y atractivo para la inversión privada. A esto se suma una institucionalidad que comienza a asumir un rol habilitador, con una mirada logística más integral.
En paralelo, las inversiones en infraestructura empiezan a hacerse visibles. El desarrollo de nodos intermodales, como el terminal de Barrancas en San Antonio, junto con mejoras en corredores ferroviarios y pilotos exitosos con sectores productivos, muestran que el tren puede ser un actor relevante cuando se integra de manera inteligente al sistema.
El cabotaje, por su parte, está viviendo un punto de inflexión. La nueva Ley de Cabotaje no solo habilita mayor competencia y eficiencia, sino que abre una alternativa concreta para redistribuir carga a lo largo del país, especialmente en un territorio donde los puertos ya cumplen un rol estructurante. Además, fortalece la resiliencia del sistema, permitiendo, por ejemplo, mover carga entre puertos ante contingencias y potenciar corredores logísticos de escala regional.
Pero quizás lo más relevante es el cambio de enfoque que subyace a todos estos avances: pasar de una lógica de competencia entre modos a una de colaboración.
La intermodalidad no consiste en que un modo reemplace a otro, sino en que cada uno cumpla el rol donde es más eficiente. El desafío es integrarlos. Y para eso, la información es clave.
Durante mucho tiempo, Chile ha carecido de datos precisos y continuos sobre cómo se mueve su carga. Hoy sabemos que mejorar esa medición es fundamental para tomar mejores decisiones, identificar oportunidades y avanzar hacia un sistema verdaderamente eficiente.
Lo que está en juego no es menor. No se trata solo de reducir costos logísticos o mejorar tiempos de traslado. Se trata de construir un sistema más resiliente frente a disrupciones, más sostenible en términos ambientales y más competitivo a nivel internacional.
Pero este cambio no ocurrirá por inercia. Requiere que quienes toman decisiones sobre el movimiento de carga, exportadores, importadores, generadores de carga y operadores, se atrevan a mirar más allá de las soluciones tradicionales y comiencen a evaluar combinaciones modales distintas. Requiere también que la academia profundice en el análisis de dónde está la mayor eficiencia de cada modo, según tipo de carga, distancia y territorio, aportando evidencia para decisiones más informadas. Y, sobre todo, requiere un cambio cultural: entender que la eficiencia logística en un país como Chile no está en elegir un modo, sino en diseñar sistemas.
La pregunta ya no es si debemos avanzar hacia la intermodalidad. La pregunta es si vamos a seguir moviendo la carga como siempre o si vamos a dar el paso para mover mejor a Chile. Porque en un país de 4.200 kilómetros, no gana el modo que más compite, gana el sistema que mejor se coordina.